carola león

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Carola León puso en pausa su trabajo en el sector financiero para recorrer en pareja la bota italiana durante dos semanas –un deseo que le había pedido a su esposo durante dos años, hasta que finalmente encontraron el momento idóneo–. En ese trayecto visitaron los sospechosos usuales, como Milán y Roma… pero los recuerdos más gratos salieron de paseos en lugares que, según nos explica la misma Carola, ni aparecen en Google Maps.

De un puñadito de poblados de la costa amalfitana, cada uno con alrededor de  2,500 habitantes e igual cantidad de años de historia, se llevó momentos surreales, de esos que revuelven el calendario, el sentido del equilibrio y las ideas tradicionales sobre el turismo. 


 

IN GIRO: CAROLA LEÓN

Fue una locura: visitamos 15 pueblos en 15 días, sin proponérnoslo. Claro que visitamos Milán y Roma, Positano y Amalfi, pero cuando se presentó la oportunidad de bajar a Capri nos dimos cuenta de algo: ya habíamos conocido el paisaje del sur de Italia, y queríamos una experiencia diferente, algo propio. Por eso nos decidimos por Ravello, un pueblecito de apenas 2,500 habitantes en una montaña de la costa amalfitana.

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Ahora, no era un pueblo normal. Supuestamente, nuestro hotel se encontraba en la Via Gradoni… y tenían razón, solo que esa calle no era el pavimento al que estamos acostumbrados, sino una larga escalinata, de 250 peldaños. Dejamos el vehículo debajo y subimos a pie; cuando finalmente vimos el letrero del B&B I Limoni –aptamente bautizado, ya que esa zona es conocida por sus exquisitos productos derivados de limón, desde limoncello hasta velas aromáticas–, vimos la gloria. Cerca de nuestro hotel había una caja postal, y me dejó atónita el pensar que todos los días un cartero tenía que hacer el mismo recorrido que nosotros acabábamos de hacer. ¡Qué cosa impresionante!

Y así fue durante toda nuestra estadía: mientras recorríamos las callecitas de Ravello, nos dábamos cuenta de que las aceras eran las mismas casas, y nos topábamos a menudo con doñas lavando sus platos, o ventanas como esquinas.

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Ahora, donde verdaderamente quedé atónita fue en El Sendero de los Dioses: un recorrido de 10 kilómetros en donde la única guía son las flechas aleatorias que pintaron los habitantes del pueblito en troncos de árboles y piedras. Todo esto en Bomerano, un pueblecito tan pueblecito que ni sale en Google Maps.

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Pero me adelanto: ¿Saben cómo llegamos allá? En unas guaguas que partían de Amalfi hacia Bomerano, y harían pasar vergüenza a cualquier carro público de Santo Domingo. Si yo creía que los choferes locales eran unos genios, al poder medir al ojo cualquier espacio imposible, estos choferes merecen un Premio Nobel: no tengo idea de cómo podían manejar esos autobuses a velocidades normales en esas empinadas callecitas de miniatura.

Llegamos al punto de partida del sendero sanos y salvos, y mientras avanzábamos a pie a Nocelle, las vistas eran indescriptibles. Ahí me di cuenta de que estaba parada en miles de años de historia, pues este sendero conectaba a un pueblo y otro desde quién sabe cuándo. Me puse a pensar que este paisaje ancestral era parte de la historia del mundo, de una cotidianidad que ya no existe para muchos de nosotros y que nunca tendremos la oportunidad de vivir en carne propia. También me di cuenta de que si no me fijaba por dónde iba me podía caer por un precipicio, pero eso fue parte de la aventura. Al final, ese día solo estábamos allá arriba una turista canadiense, una pareja neozelandeza y nosotros; poder volver con un recuerdo de una Italia que nos era tan desconocida, … bueno, eso… eso fue el viaje para nosotros.

Fotos: Cortesía de Carola León