tatiana fernández geara

en in giro

La fotoperiodista Tatiana Fernández Geara es tímida, tímida, con la voz casi a cero decibeles. Es, por eso, una dicha enorme el que esta egresada de la Universidad de Missouri haya decidido aliarse al teclado y la cámara: su mundo interior es tan rico, su visión artística tan inteligente y su habilidad para conectar detalles tan ágil, que nos hubiésemos perdido de mucho de haber esperado de ella que se expresara por las vías tradicionales de comunicación oral.

Hace unos meses trabajaba en un libro de retratos de caras insignes de la Zona Colonial; hace unas semanas compartió en el Centro de la Imagen un grupo de autorretratos en donde cambiaba de ropa para cambiar de mundo, insertándose en el campo dominicano y en el mundo de las nanas capitaleñas. Justo ese último mini-universo es el sujeto de un documental que lanzará próximamente, gracias al auspicio y el aval de la Ley de Cine.

Hoy, para este In Giro, hace una pausa y nos cuenta, con su característico dominio narrativo, los pormenores de un momento mágico hace unos años: la primera vez que estuvo en contacto con la nieve –¿dónde más? En Italia–.

 


IN GIRO: TATIANA FERNÁNDEZ GEARA

Del 2006 al 2007 estaba estudiando en Milán. Nunca había visto la nieve y pensaba que me iba a tocar sin mucho esfuerzo durante el año que viviera allá, pero resultó siendo el invierno más cálido que Italia había vivido en los últimos 200 años.

Cuando llegó febrero, recibí una llamada de Enzo, el exmarido italiano de mi abuela, que vivía en Fagagna, en la región de Friuli, con su nueva familia. Una de sus hijas se casaba en el fin de semana y él quería aprovechar la ocasión para invitarme y también para llevarme a una montaña cerca de ellos, a ver la nieve por primera vez. Él sabía que por allá arriba sí había caído algo.

Monte Lussari

Monte Lussari

Luego de cuatro horas en tren, llegué a Fagagna. A la mañana siguiente salimos Enzo, Paola (su hija menor que tiene mi edad) y yo hacia el Monte Lussari. Enzo sabía que era la primera vez que yo veía nieve, pero él como que no entendía la dimensión del hecho de que tenía 23 años esperando este día. En la carretera de camino no había nieve ni cerca, pero cuando empezó en la radio del carro una canción de Andrea Bocelli, de repente al doblar una curva, como en cámara lenta, apareció un paisaje lleno de blanco. Se me aguaron los ojos entre la ópera y las casitas que veía con techos cubiertos como del algodón que usan en las decoraciones navideñas en mi isla del Caribe. La nieve estaba ahí mismito, y yo loca por apearme, pero todavía no me tocaba ponerle la mano. Pasaron como 15 minutos más de carretera — de ansiedad–, apretándome las manos para no halar la palanquita de la puerta y salirme del carro a tocarla.

Al fin llegamos al inicio del Monte Lussari. Enzo quería llevarme al tope de la montaña para que viera un mejor paisaje, pero en realidad en donde estábamos parqueados nosotros ya había nieve de por sí, y yo solo quería tocarla de una vez por todas, al fin sentirla…

Parqueó el carro y dijo, “Yo creo que aquí no es que se coge el teleférico hasta el tope, parece que lo cambiaron de sitio. Espérenme aquí en el carro en lo que yo averiguo, así no pasan frío.” Esperarlo en el carro con la nieve tan cerca me parecía algo insólito. “¡Nooo! ¡Yo me apeo contigo! ¡No me importa el frío!”, le respondí, y bajé corriendo, pero no detrás de él, sino en dirección a la nieve posada al lado del camino. Le puse la mano un minuto y luego nos volvimos a montar en el carro para ir a coger el teleférico del otro lado. Valió la pena subir más. Era impresionante: la montaña repleta de nieve blanquita, la gente esquiando y una vista espectacular. En este monte se unen Italia, Austria y Eslovenia, y la señal de mi celular cambiaba de región dependiendo de dónde me paraba. ¡Estaba feliz!

Hundía los pies en la nieve que me daba hasta las rodillas, me la comí como un yun yun, me acosté, hice el ángel… Todo lo que uno ve en las películas.

Monte Lussari

Monte Lussari

Monte Lussari

Hundía los pies en la nieve que me daba hasta las rodillas, me la comí como un yun yun, me acosté, hice el ángel… Todo lo que uno ve en las películas. Durante todo esto Enzo me tiraba fotos y dos esquiadores nos observaban confundidos, hasta que empezaron una conversación con él. Yo no estaba muy pendiente a lo que se decían, yo estaba muy concentrada en mi nieve, pero en un momento sí escuché que Enzo les dijo, en tono justificativo, “Es caribeña…”.